lunes, 7 de enero de 2013


A sonreír se aprende habiendo llorado mucho. Cuando te suena demasiado cualquier principio. Cuando deja de sorprenderte cualquier final. A sonreír se empieza en cuanto se aprende a soñar flojito. Para empezar, uno puede sonreír para sí mismo o puede sonreírle a otro. Se trata de sonrisas distintas.
A partir de ahí, las demás. Sonrisas de idiota y de listillo. Sonrisas falsas,  malignas, tímidas, arrogantes, sonrisas payasas, sonrisas desesperadas. Sonrisas que invitan a un primer paso, y sonrisas que declinan toda invitación.
El catálogo de sonrisas humanas se complementa con formas de bocas, accidentes faciales y jardines dentales, hasta crear las infinitas combinaciones que en teoría, deberíamos estar presenciando continuamente.
Y es que una variable clave dentro de esta ecuación, consiste en el momento en el que decide hacerse presente. Para cualquier otra expresión física, hay que tener muy en cuenta cuándo se manifiesta. Para la sonrisa, no.
Da igual la situación en la que te encuentres, una sonrisa bien dibujada siempre te va a ayudar a ti y a los demás. Sí, incluso en un tanatorio, en un accidente y en una ruptura sentimental.
Para terminar; matización importante. No confundirse. Sonreír no tiene nada que ver con reír: simplemente comparten letras. La sonrisa crece, la risa berrea. La sonrisa escucha. La risa habla, y se puede sonreír incluso mientras se llora. Con eso está todo dicho.

De cualquier modo, si hay algo que realmente me fascina del acto de sonreír, es lo mucho que se obtiene frente a lo poco que cuesta. Lo poco que abunda, frente a lo gratis que es.
Lo bien que conozco el teorema. Lo poco que me lo sé.

1 comentario:

  1. Una reflexión muy cierta, pero un triste final! Ánimo guapa!! Sigue escribiendo así, que está genial!!
    Un besoo!

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